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Cartas de Acre

Escrita por Tamerlán CT y Arkonte. Correcciones por parte de Ruce. Cartas de Acre narra, basándose en hechos reales y con ayuda de la inventiva, los acontecimientos sucedidos en el sitio de la ciudad de Acre en el año 1291. Algunos de los personajes son verdaderos mientras que otros nombres son ficticios, necesarios para representar a los hombres que allí lucharon y darle más sentido al relato convirtiendo la descripción histórica en novela épica en tiempo real. De igual manera, un alto porcentaje de lo descrito se basa en la inventiva aunque siga una línea de lo que sucedió en realidad.

..::PROLOGO::..

La Ciudad de Acre, a orillas del mar mediterráneo, se consolidó como base central de operaciones de los cruzados tras la Batalla de los Cuernos de Hattin en el año 1187 en la cual se perdió Jerusalén por parte de los cristianos contra las fuerzas de Saladino.
Desde allí, las principales Órdenes Militares decidían en que batallas tomar parte.
Unos años más tarde los cristianos sufrieron otro duro golpe con la pérdida de Tiberiades y Ascalón.

Cuando los Mongoles vinieron desde el Este, los Cristianos los vieron como aliados potenciales, pero también mantuvieron una posición de cautelosa neutralidad con las fuerzas Musulmanas de los Mamelucos.
Después de la formación del Sultanato Mameluco en Egipto en 1250 la destrucción de los territorios cruzados restantes era la única vía para lograr la paz.

En 1254, cuando Luis IX, de vuelta de la Séptima Cruzada, llegó a Francia, lo hizo con el sentimiento de que la cohesión y la unidad reinaban en Tierra Santa; no era más que un espejismo. La discordia entre los monjes-soldados (templarios y hospitalarios) dividía estas comunidades, encargadas de defender dicha zona.

Los comandantes de Acre en 1260 confiados en las intenciones de los Mamelucos al mando del sultán Baibars I, cuarto en la dinastía, les permitieron pasar por su territorio sin obstaculizarles el paso, para que lograran una victoria decisiva contra los Mongoles en la crucial Batalla de Ain Jalut en Galilea.

Tras esta batalla, Baibars I, apodado Bundukdari (el ballestero), lanzó a sus tropas contra las posesiones cristianas y conquistaron Hama, Alepo y Damasco. Cinco años más tarde, en 1265, tomaron Haifa, destruyeron Cesarea y el castillo de Asurf defendido por los hospitalarios caía en manos del Sultán. Al año siguiente aconteció la pérdida de todas las ciudades importantes de Galilea incluido el castillo templario de Safed.
A comienzos de 1268 las fuerzas de Baibars I se apoderaron de Jaffa y del preciado castillo de Beaufort defendido por la Orden del Temple. A continuación, más al norte, Antioquia sufrió sitio, y el 18 de mayo las tropas del Sultán abrieron brecha en los muros por los que entraron en tropel. La gran ciudad había perdurado más de 160 años como capital franca y su gobernante Bohemundo VII vio su título rebajado a conde.

Para ayudar a reponer todas éstas pérdidas de los cristianos en Tierra Santa unas cuantas expediciones de Cruzados dejaron Europa para viajar al Este. El rey de Francia, Luis IX, partió hacia Túnez en 1270 en una frustrada Cruzada que además acabó con su vida. Al año siguiente se repetía el resultado con la insignificante Novena Cruzada del Príncipe Eduardo de Inglaterra, el cuál no cayó en batalla y fue posteriormente nombrado rey.
Ninguna de estas expediciones fue capaz de brindar apoyo alguno a los sitiados estados Latinos. Las fuerzas expedicionarias eran muy pequeñas, la duración de las Cruzadas muy corta y los intereses de los participantes muy diversos como para dar cabida a algún éxito sólido.
El Papa Gregorio X se esforzó en suscitar el entusiasmo general para lograr otra gran cruzada pero fue en vano, no se pudo realizar una cruzada de mayor importancia que las anteriores.

Mientras tanto, los ataques en Tierra Santa a las posesiones cristianas no sólo continuaron si no que aumentaron su contundencia y frecuencia.
En el año 1271 Baibars marchó sobre Krak des Chevaliers al nordeste de Trípoli. La poderosa fortaleza defendida ahora por el Hospital y que había resistido al mismo Saladino, cayó tras dos meses de sangrientos combates. Al final del año, los cristianos ya no conservaban ningún castillo tierra adentro, pues el de Hakkar y la fortaleza teutónica de Montfort habían caído en el mes de Junio.

La situación interna también empeoró con creces y en 1276 el rey de Jerusalén, Enrique II, se retiraba de Palestina a la isla de Chipre donde fue coronado rey de la misma nueve años más tarde y reconocido como señor de Jerusalén al siguiente. La situación del Reino Cristiano no paraba de empeorar y en 1278 se perdió Latakia y en 1285 Marqab y su puerto. La orgullosa ciudad de Trípoli se rindió cuatro años más tarde, en 1289, año en el cual se firmó una tregua bélica entre Enrique II y Qalawun Malik Al-Mansur, el sultán imperante en ese momento, séptimo en la dinastía.

Consecutivamente a la caída de Trípoli el rey Enrique II de Chipre envió a su senescal, Jean de Grailly, hacia Europa para conseguir monarcas europeos que ofrecieran ayuda a la crítica situación en Levante. El senescal se entrevistó con el Papa Nicolás IV quién compartió sus preocupaciones y escribió una carta a las potencias europeas instándolas a tomar parte en el asunto concerniente a Tierra Santa. Sin embargo la mayoría no estaban tan preocupados por la cuestión del Papa de organizar una Cruzada, como lo estaba el  Rey Eduardo I que tenía problemas en sus tierras.

Los esfuerzos francos fueron retomados para firmar una alianza entre Europa y los mongoles comandados por su líder Arghun, Hethoum II de Armenia. Con la ciudad de San Juan de Acre en gran preligro el Papa Nicolás IV proclamó una cruzada y negoció términos con Arghun, los Jacobitas, los Etíopes y los Gregorianos.

Sólo un pequeño ejército de campesinos y pueblerinos desempleados y sin entrenamiento militar, provenientes de Toscana y Lombardía se unieron a la causa. Fueron transportados en veinte galeras venecianas. A la cabeza de este grupo iba Nicolás Tiepolo, el hijo del Dogo, que contó con la asistencia de Jean de Grailly y Roux de Sully. Mientras viajaban hacia el Este, la flota se unió a cinco galeras españolas del rey Jaime de Aragón que deseaba ayudar a pesar de sus conflictos con el Papa y Venecia.

El enero 5 de 1291 el Papa dirigió un discurso a todos los Cristianos para salvar Tierra Santa y los predicadores comenzaron a reunir voluntarios que siguieran a Eduardo I de Inglaterra en una Cruzada.
Sin embargo, todos estos intentos de montar una ofensiva combinada eran muy pequeños y tardíos. En sus cartas a los gobernantes Occidentales Arghun se comprometió a realizar una ofensiva en el invierno de 1290, con planes de estar en Damasco en la primavera de 1291, pero el líder mongol estaba moribundo y murió el 10 de marzo de este año, poniendo fin a sus esfuerzos en favor de un plan conjunto.

La tregua firmada por Enrique II  y el sultán de Egipto Qalawun había reestablecido en Acre un poco de confianza lo que produjo una reanudación del comercio. En el verano de 1290 los mercaderes de Damasco empezaron a enviar de nuevo sus caravanas a la ciudades francas de la costa. Aquel año se recogió una buena cosecha en Galilea y los campesinos musulmanes abarrotaron con sus productos los mercados de Acre.

En agosto, en plena prosperidad, llegaron los cruzados italianos. Desde que arribaron fueron un problema para las autoridades. Eran desordenados, borrachos y pendencieros y sus jefes, que no les podían pagar con regularidad, tenían escaso control sobre ellos. Los recién llegados alegaron que habían ido a luchar contra el infiel y por lo tanto comenzaron a atacar a los mercaderes, a los campesinos y a los ciudadanos musulmanes de Acre sin un motivo aparente aunque se acusó de provocación previa. Lo que empezó con una riña terminó en batalla por las calles de la ciudad.

Estas muertes le dieron al sultán mameluco Qalawun el pretexto que necesitaba para atacar la ciudad. Pidió que los culpables de la masacre le fueran entregados de manera que él pudiera aplicar justicia sabiendo que los cristianos no estarían de acuerdo. Después de ciertas discusiones acerca de la posibilidad de encerrar a las masas asesinas en las cárceles de Acre, idea propuesta por el Maestre Guillaume de Beaujeu, el Concilio de Acre finalmente se rehusó a entregar a nadie a Qalawun y en su lugar argumentaron que la culpa la tuvieron los musulmanes puesto que, según el Concilio, estos habían intentado sublevarse.

A pesar de que una tregua de diez años había sido firmada en 1289,  el Sultán consideró que se había roto tras la masacre de musulmanes. En octubre de 1290, Qalawun ordenó una movilización general.

Un mes más tarde, el Sultán fallecía, pero la guerra era inminente y fue inmediatamente sustituido por su hijo Khalil Al-Ashraf quién había jurado a su padre, en el lecho de muerte, terminar la empresa que él dejó inconclusa. Sin tiempo que perder se puso a la cabeza de las tropas y reinició la marcha, capturando a su paso las caravanas que llevaban suministros y ayuda para Acre. Durante la marcha se presentaron varias escaramuzas con patrullas de templarios que vigilaban la zona, cuyos integrantes fueron hechos prisioneros.
Mientras el ejército marchaba, Khalil escribió al Gran Maestre del Temple, Guillaume de Beaujeu, advirtiéndole que reconquistaría Acre para el Islam.

Durante los días que duraron las discusiones, la actividad tras los muros de San Juan de Acre se disparó. El Maestre de la Orden del Temple y el Maestre del Hospital Jean de Villiers, habían hecho venir a sus mariscales Pedro de Sevrey y Mateo de Clermont y habían reunido todas sus tropas disponibles que se encontraban aún dispersas en las afueras de la ciudad.
También estaba Conrado Feuchtwangen, el recién nombrado Maestre de la Orden de los Caballeros Teutónicos que había traído consigo muchos caballeros de Europa.
El rey de Chipre, y señor del reino de Jerusalén, Enrique II, envió un contingente de dos millares de hombres desde la isla al mando de su hermano Amalrico. El rey de Francia mantenía tropas en la ciudad desde la época de Luis IX al mando de Jean de Grailly y el rey inglés también envió algunos caballeros mandados por Otón de Grandson.

Corría el mes de abril, de 1291.

 


 

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