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I

1 de Abril de 1291, Ciudad Real de San Juan de Acre

El tímido sol matinal se filtraba por los visillos del antiguo salón real, donde hasta hace unas semanas la corte de Acre recibía a los heraldos, embajadores y señores de otras tierras. Los últimos acontecimientos habían requerido adecuar el salón a centro de reuniones trasladando todos los enseres, mapas y documentos de la antigua sala a la nueva. Estaba ubicada en la parte más alta del castillo del Rey, ocupado por la Orden del Hospital, junto a la muralla interior por delante del barrio de Montmusart, al que ofrecía una extraordinaria cobertura. Desde sus balcones se podía otear el horizonte casi una decena de kilómetros más allá.
Al norte se extendía la gran planicie desértica, tan sólo decorada con la presencia de algunas granjas, tierras labradas y pequeños puestos de vigilancia que facilitaban los trámites para el acceso a la ciudad antes de llegar a las puertas. La vista llegaba hasta donde crecían unas grandes dunas que anunciaban el comienzo de una cadena de pequeñas colinas serpenteantes. Desde allí se podía ver en su totalidad la gran muralla exterior de la parte norte junto a sus majestuosas torres reforzadas hacía poco tiempo. Tanto al este como al oeste se podía ver parte de la ciudad de Acre, sus barrios, sus murallas laterales, torres y un poco más allá el mar. El paisaje desde los ventanales situados al sur cambiaba radicalmente del desierto a unas plenas vistas del barrio de Montmusart y varios sectores de la ciudad como los barracones militares, los establos o las calles de comercio. Más allá se distinguía la fortaleza templaria donde residía la Orden del Temple. No era muy grande pero estaba muy bien defendida construida con roca firme y pequeñas torres que aumentaban considerablemente el poder defensivo de las murallas. Aquella construcción era bastante insólita según estaba dispuesta la ciudad en ese momento pero sus arquitectos diseñaron el baluarte mucho antes de que San Juan se extendiera. Cuando se empezó a utilizar el fortín ni si quiera las murallas exteriores habían visto sus primeros cimientos. Apenas cien metros tras la defensa templaria se encontraba el puerto de la ciudad dividido en dos partes, la zona destinada a las barcazas de comercio y la militar. Más allá los ojos tan sólo distinguían el mar, el mar mediterráneo que envolvía prácticamente en tres direcciones a la ciudad, dotándola de una defensa natural y sentenciándola a la vez a una única salida por vía sur, los barcos.
La sala era muy espaciosa. En el centro había una gran mesa de forma elíptica alrededor de la cual se sentaban a debatir los altos cargos de las ordenes militares de Acre y los generales de las tropas europeas. Las paredes estaban decoradas con varios cuadros de batallas de las cruzadas en los que las fuerzas cristianas salieron victoriosas. En el arco de piedra de la entrada a la sala estaban colgadas, en forma de aspa, una espada templaria y otro acero cedido hacia unos años por Eduardo I, Rey de Inglaterra.
El Maestre del Temple, Guillaume de Beaujeu, se encontraba sentado en la ornamental silla que presidía la mesa, desde la cual se veía de frente el portón, con la mirada perdida en el amanecer que se abría paso por el ventanal de su derecha. Sobre la mesa tenía extendido un mapa de la ciudad que abarcaba veinte kilómetros de periferia exterior, otros cuantos más variados enroscados con rutas marítimas, planos arquitectónicos de la ciudad, el censo más actual... Un par de reglas de medición de escalas y un tintero con pluma enfundada. Alejado de los documentos había un candil apagado y un puñado de cirios casi consumidos.
Respiraba profundamente, sumido en sus pensamientos, con ambas manos cerradas sobre la mesa. Llevaba aún los ropajes de media campaña, un peto de cuero para proteger el torso cubierto por el tabardo blanco con la cruceta roja en el centro, símbolo de la Orden del Temple, la capa color nieve y unas protecciones en los muslos a juego con las botas. De igual manera, del cinturón colgaba descansando en su vaina la espada del Maestre.
El ruido del portón de la sala al cerrarse lo sacó de sus pensamientos devolviéndolo a la realidad. Guillaume dirigió su mirada hacía allí. Un hombre de indumentaria similar a la suya pero con distinta cromática hacia aparición en la penumbra de la entrada. Su manto y capa eran de color negro, mientras que la cruceta era de un blanco puro. Aunque no se distinguiera su rostro estaba claro que era un miembro de la Orden del Hospital. Al contrario que Guillaume, el hombre no llevaba arma alguna pero si un bolsón de cuero lleno de pergaminos.
El Maestre del Temple permaneció atento a la figura, esperando que se aproximara a la luz para desvelar su identidad. No le había hecho ninguna gracia trasladarse hasta el castillo del rey, a esa gran sala para nada parecida a la suya en la fortaleza del temple y menos aún compartirla con la Orden Hospitalaria. Desde hacía más de cinco años el castillo había pasado a las manos de dicha orden y todo estaba adecuado a su gusto. No eran un secreto la enemistad reinante desde hacía mucho tiempo entre las dos ordenes residentes en Acre. Cada cierto tiempo surgía algún conflicto de intereses que reavivaba el malestar y a su vez hacía que los lazos entre los miembros de cada orden se estrecharan aún más. Los templarios de Acre eran una auténtica piña, estaban notablemente más unidos que cualquier otro destacamento por estos hechos y por el tiempo que llevaban destinados en la ciudad que se remontaba, en algunos casos, a más de una decena de años.
Guillaume estaba a punto de cumplir dieciocho años como Maestre del Temple y nunca hasta ahora se había encontrado en una situación similar. Ser él quien se desplazaba a las comandancias de otra orden para discutir allí las políticas a seguir. A pesar de su malestar no era momento de presentar quejas al respecto, ciertamente esta sala contaba con unas vistas inmejorables a la mayor parte de la muralla norte y casi toda la ciudad, siendo por lo tanto el lugar idóneo para la coordinación de las tropas. Además, la sala del temple se quedaría pequeña para la cantidad de gente que se juntaba a veces en las reuniones, ya que, aparte de generales europeos y los líderes de las ordenes, muchas veces hacían presencia los notables de los reyes de las naciones europeas implicadas junto a diversos eruditos y catedráticos.
Sus casi cuarenta años de edad le habían dado la experiencia suficiente para saber cuando es necesario entrar en discusiones y cuando es mejor dejarlas en segundo lugar para salvar otros intereses y pasar a la acción directa. Esta vez era una de esas, prefería no entrar en conflicto y en habladurías cíclicas y dedicarse a los inminentes problemas de Acre. Hacía casi tres años desde que la ciudad de Trípoli, en la cual hacía una veintena de años ejerció como comendador de la guarnición templaria allí apostada, fue asediada por el sultán Qalawun, saltándose la tregua firmada. Guillaume advirtió a los dignatarios de Trípoli sobre el ataque mucho antes de realizarse para comenzar con posibles preparativos ante la invasión pero no le creyeron y la ciudad cayó unos meses después.
El caballero del hospital se quedó inmóvil en las sombras del arco de la puerta observando también al fornido templario sentado en la silla presidencial. Desde allí percibía el aura de preocupación del Maestre. El corto cabello rubio oscuro con zonas canas sin arreglar junto a la barba de dos semanas y las terribles ojeras advertían a la legua que el templario llevaba allí toda la noche.
Al cabo de unos segundos el hospitalario soltó un bufido esbozando una sonrisa y a la vez que avanzaba lentamente hacia la luz del alba comenzó a hablar con voz calmada y con tono de compañerismo.
- Debería de sorprenderme el verte por aquí tan temprano.
A Guillaume no le hizo falta esperar a ver su rostro tras escuchar su tono de voz. Se quedó mirándole según se acercaba al otro extremo de la mesa. Se trataba de Jean de Villiers, el Maestre de la Orden del Hospital, también acuartelado en la ciudad desde hacía tiempo. Jean era algo más joven que él y no tan musculoso, mientras a Guillaume le faltaba una mano para los dos metros a Jean le faltaba lo mismo para igualar al templario aunque su fama de buen militar dejaba estela donde quiera que fuera. Sus ojos oscuros como el mismo carbón le dotaban de un misterio extraño para nada a juego con su corto pelo rubio y su cuidada perilla.
- Pero... si te soy sincero, me lo esperaba – continuó Jean con el mismo tono amigable en el que se podían distinguir ápices de su ascendencia germana.
El Maestre del Templo lanzó un gran suspiró y se frotó con la mano izquierda la dejada barba a la par que torcía la cabeza y miraba de nuevo hacia el ventanal de su derecha orientado al norte.
El hospitalario se quedó de pié observándole, tras unos segundos de silencio empezó a desprenderse del bolsón de cuero cargado de pergaminos. Fue entonces cuando Guillaume se volvió de nuevo hacia él.
- Voy a recoger todo esto y dejo disponible tu sitio – dijo el maestre con el mismo tono de cordialidad.
Al ser órdenes con jerarquías completamente independientes ninguno debía obediencia al otro de manera que se tuteaban con un lenguaje alejado de cortesías cuando la situación lo permitía. Esto no se consideraba una falta si no como algo prescindible en lo cual ambas partes estaban de acuerdo. Dentro de la misma Orden del Temple y del Hospital sus miembros también hacían uso del privilegio de poder hablar entre iguales sin tapujos, incluso con los superiores, ya que estos lo permitían y al fin y al cabo se conocían desde hace años y se sabía que el respeto y la obediencia estaban presentes en todo momento independientemente del lenguaje utilizado.
- No, Guillaume, puedes permanecer ahí todo el tiempo que quieras – replicó, mientras el Maestre se disponía a recoger los mapas y demás – Ahora esta sala es para todos, no solo para el Hospital – continuó.
Aunque Jean también estaba a disgusto compartiendo la sala de reuniones con los templarios y el resto de altos cargos no opuso pega alguna a la decisión final. Él también había decidido optar por soluciones rápidas y dejar las típicas discusiones de lado. Las labores específicas del Hospital se distribuían desde la antigua sala de reuniones del castillo. Aunque el nombre de la orden hacia referencia a sus primeras labores tras la fundación como el respaldo a los heridos en las cruzadas, sus competencias se extendían mucho más y eran similares a las del Temple.
El templario volvió a mirarle, asintió con la cabeza y se aclaró la garganta.
- Dime Jean, ¿traes alguna novedad en ese zurrón?. – volvió a carraspear.
El semblante del hospitalario era de sonrisa fácil y dejó escapar una tímida risa.
- ¿Que te puedo decir que ya no supongas Guillaume? – hizo una pequeña pausa y prosiguió mientras sacaba los pergaminos de la bolsa de cuero – Los batidores han informado que el ejército de Khalil no varía de rumbo, se prevé que mañana llegarán a los puestos de Alvirán y desde allí se podrá contabilizar mejor su número de efectivos.
- Ni aunque la tierra tiemble hasta el punto de rajarse detendrá al sultán. – contestó el templario con gesto preocupado.
- Con tal ejército el sultán hace que la tierra tiemble... – le siguió Jean en un tono desesperado mientras miraba hacia el ventanal.
El hospitalario volvió la cabeza y cedió a Guillaume un pergamino con dicho informe y éste lo desenrolló y empezó a leer. Mientras tanto Jean echó una detallada ojeada a los mapas que tenía el Maestre del Templo en la mesa.
- El último cálculo fue de un millar de hombres, suficiente para aplastar la ciudad sin mayor problema – se pronunció Guillaume tras un minuto escaso de lectura.
- Sí, un millar a pie, pero hay que contar caballería y artillería. – le corrigió Jean levantando la siniestra con el índice extendido.
- Cierto, el optimismo y la esperanza me ciegan – prosiguió el templario - Los refuerzos de Chipre llegaban hoy por mar, ¿no es así?.
- Esperemos que así sea, aunque con dos mil hombres poco equilibraremos la balanza.
Jean se sentó en la silla más cercana al templario y le acercó el manuscrito relativo al compromiso de Enrique II de enviar refuerzos a la ciudad.
El templario le echó una rápida ojeada y sacudió la cabeza.
- ¿Se sabe algo de Jaffar? – le preguntó Jean.
- Nada, pero estará al caer – contestó Guillaume mientras seguía leyendo el informe.
- Ya os advertí que no confiarais en él – replicó el hospitalario con desdén – esperemos que huyera y no nos vendiera al enemigo.
- No lo hará, hay que tener paciencia – le conestó el Maestre a la par que levantaba la cabeza de la lectura y le devolvía el manuscrito.
- No hay victoria posible, deberíamos hacer saber al resto que no merece la pena luchar por la ciudad – dijo Jean haciendo referencia a los notables europeos, reyes y generales que conformaban el consejo militar de la ciudad en aquel momento – es una causa perdida, para cuando se quieran organizar un buen contingente de refuerzo Acre estará en manos de los musulmanes.
- No cederemos la ciudad por las buenas Jean - Se pronunció tajantemente el templario.
- ¿Prefieres morir para nada?, ¿defender estos muros frente a Khalil sabiendo que tarde o temprano la ciudad caerá? – dijo Jean aumentando el volumen de su voz.
El Maestre del Hospital se tensó por momentos, la situación era crítica, si no surgían estrategias pronto la horda enemiga estaría frente a la ciudad en cuestión de días eclipsando cualquier intento de evacuación. Era un hombre valiente y no temía al enfrentamiento pero le frustraba mucho el no contar con el apoyo europeo debido que desde hace meses se solicitó ante la grave situación de San Juan de Acre. Tardó un tiempo en calmarse bajo la mirada azulada de los ojos de Guillaume pero finalmente volvió a su estado de calma normal.
El templario tomó por el antebrazo derecho al caballero del Hospital.
- Buscaremos otras vías Jean, agotaremos todos los recursos disponibles para evitar el conflicto, pero si llega ese momento no podemos dejar caer Acre en sus manos tan fácilmente – dejó escapar con tono esperanzador.
Jean fijó su mirada de nuevo en los ojos del Maestre del Templo mientras aquellas palabras le recorrían cada nervio de su cuerpo y le devolvían el valor y la templanza de las cuales hacía gala el caballero.
- Iré a ver a Mateo y que me informe si todos mis hombres están ya de vuelta tras las murallas – contestó el hospitalario – creo que... – se paró unos segundos y apretó los labios con una mueca de aprobación para sí mismo - creo que los voy a necesitar a todos.
Jean se levantó y recogió los informes que había sacado de la bolsa de cuero para volver a guardarlos en ella. Se volvió hacia un estante de la pared y depositó el bulto. Giró la cabeza y se encontró de nuevo con la mirada atenta del templario. Desde esa posición se percató que el Maestre llevaba enfundada su espada de las cruzadas.
- Deberías hacer lo mismo Guillaume, el tiempo no es nuestro aliado – dijo finalmente y volvió de nuevo la cabeza al estante.
- Mis hombres están todos en la ciudad desde ayer al medio día. – contestó el templario con voz pausada y seria.
Jean frunció el entrecejo, le resultaba muy extraña aquella afirmación. La tarde del día anterior la pasó recorriendo la mayor parte de las murallas planeando futuros movimientos y hablando con miembros de su orden. Le chocó no ver algún templario por allí en ningún momento, tan sólo escuderos y armígueros de la orden templaria, pero ni un solo caballero sea cual fuera su rango. Aunque no era de su incumbencia se atrevió a dudar de Guillaume. - Ayer a la tarde no vi a ninguno de ellos por las murallas – continuó con voz algo temblorosa – les... – se armó de valor aunque resultase una indiscreción – ¿les has dado la tarde libre viendo lo que se avecina?.
Jean no esperaba respuesta de Guillaume, quizás un bufido de desaprobación por parte del Maestre o el silencio que muchas veces valía más que cualquier palabra. Para su sorpresa encontró respuesta.
- Los hermanos están acuartelados en la fortaleza templaria desde entonces – dijo en tono solemne.
Acto seguido se irguió y avanzó bajo la mirada dubitativa de Jean hasta el ventanal derecho con el semblante fijo en el horizonte y los brazos cruzados a la espalda.
Llegó hasta el mismo borde de piedra del ventanal y continuó oteando más allá.
- Están rezando, para que Dios nos ayude y nos de fuerzas en los próximos días.
Tras las palabras del templario, Jean sintió que su presencia allí estaba de más y no alargó su estancia. Se dirigió a la puerta en silencio. En la sala solamente se escuchaba el ruido de sus botas en el suelo empedrado y el sonido de sus ropajes en movimiento. La misma acústica del recinto ampliaba dichos sonidos. Justo antes de posar su mano en el tirador del portón se giró para contemplar la figura de Guillaume. El Maestre seguía exactamente en la misma posición, perdido en sus pensamientos. Seguramente – pensó Jean – ni si quiera se percataría de que su marcha hasta que escuchara el ruido de la puerta al cerrarse.


 

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